Home/ Destinado al alfa equivocado Completed
El Alfa más poderoso odia al solitario porque su ex solitaria lo traicionó. Pero me hizo, una solitaria débil, ser su Luna.
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A veces la vida te da muchas razones para rendirte y morir, para ignorar las tensiones y el sufrimiento que has sentido, pero te aferras a la única cosa que te ha hecho persistir en medio de tantas desgracias. Así me ocurría. Yo me aferraba a una sola cosa, mi pareja. Una pareja que me brindara seguridad y cuyo amor enorme curaría todo el dolor; una pareja que me amara tanto que no le importara mi peor defecto: soy una linterna, una mujer lobo incapaz de convertirse en lobo.

Desde el momento en el cual supe que no podría convertirme, fui relegada por los miembros de la manada, y no hubo un solo día en que no me golpearan. Mi familia me odiaba a muerte, y hubieran hecho cualquier cosa por deshacerse de mí. ¿Y por qué no? No existe orgullo en ser una linterna, o al menos eso me decían. Todavía recuerdo aquel día horrible como si hubiera sido anoche:

—¿Puedes creerlo? La hija del Beta no puede convertirse en lobo.

—¡Vaya, vaya! Eso sí que es una noticia. Me pregunto qué hará ese orgulloso Beta —murmuraban con desprecio los miembros de la manada.

—¡Fenómeno! ¿Por qué no te conviertes en lobo? —Una fuerte bofetada repentina me hizo tropezar y caer al duro pavimento.

—¡Papá! Por favor, soy tu hija…

Antes de poder terminar de hablar, mi papá me asestó una fuerte patada en mi vientre y se escuchó el sonido horrible de huesos al romperse. Era doloroso, pero el odio reflejado en sus ojos dolía aún más.

—¿Cómo puedo tener una hija así? ¡Si hubiera sabido que serías así, te habría matado en cuanto te pusieron en mis brazos! —gritó él antes de patearme una y otra vez.

—Padre, por favor, créeme… —supliqué antes de escupir sangre. Él se detuvo y, al levantar la vista, observé que se acercaba mi hermana. Pensé que venía en mi ayuda y sentí algo de esperanza.

—Vaya, vaya… —dijo mi hermana e hizo un ademán como si fuera a ayudarme, pero me escupió—. ¿Qué eres, hermana? Te llaman también la hija del Beta. ¿Qué tipo de hija del Beta eres? ¿La hija sin lobo? —preguntó ella en tono burlón—. ¡Es ridículo! ¡Mírate! ¡No eres más que una asquerosa Omega! ¡Jamás vuelvas a llamarme hermana, criatura asquerosa! —Me pateó y se alejó, como si yo solo fuera un montón de basura que no le interesara.

Mi garganta estaba demasiado seca para poder emitir un sonido. Mi última esperanza era mi madre, y me volví hacia ella. Estaba segura de que me ayudaría e intercedería ante mi padre. Sin embargo, sentí como si un puñal se enterrara en mi corazón al ver sus ojos llenos de decepción. Me pareció ver un destello de simpatía en su mirada fría, pero honestamente creo que debe haber sido mi imaginación, porque enseguida giró la cabeza y jamás volvió a mirarme.

—¡Desgraciada! ¡Aléjate de esta manada y no regreses jamás! ¡Ojalá te mueras! —rugió mi padre. Luego me agarró por la garganta, me levantó y me arrojó de nuevo al suelo.

—Por favor… —Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no pude hablar más, ya que mi padre apretó mi cuello y bloqueó mi tráquea como si hubiera querido partirla. El sabor metálico de la sangre llenó mi boca de inmediato y me causó náuseas intensas. Además, mi visión se volvía borrosa cuando de repente escuché una voz:

—¡Vete al diablo! —bramó una voz tan poderosa que todos contuvieron la respiración. Una figura fuerte avanzó de prisa entre la multitud y me separó de mi padre—. ¿Qué diablos crees que haces?

A través de mis lágrimas vi que era él, Brandon, el hijo del alfa. En ese momento, miraba a mi padre con furia.

—Ella se queda —dijo con voz helada. Fueron las últimas palabras que escuché antes de perder la conciencia.

Al recordar todo aquello, sacudí la cabeza para salir de mi mundo de fantasía y miré a Brandon con una expresión burlona. «¿Qué rayos les hace a las lascas de tocino? ¿Acaso las está asesinando?».

—Vamos, Brandon, eres un desastre en la cocina. Déjame hacerlo, ¿de acuerdo? —Me eché a reír al ver su inútil intento de preparar algo de comer para los dos.

—Como quieras, Omega; pero termina pronto, porque no quiero que lleguemos tarde a la escuela —respondió él con sorna y salió de la cocina.

Tal vez los sorprenda que Brandon, el heredero del alfa, estuviera en nuestra cocina. Debo confesar que no vino por mí. Aunque años atrás me había defendido frente a todos y me protegió para que no me echaran de la manada, los cuentos de hadas no terminan así. En vez de convertirse en el príncipe de mi cuento, se hizo novio de mi hermana. ¿Y saben qué? Cuando ella se dio cuenta de que yo estaba enamorada de él, hizo lo que haría cualquier otra p*rra y decidió arruinar mi amor.

Aunque yo era una Omega incapaz de convertirme, mi hermana mayor sí podía, y por ende se convirtió en el orgullo de mis padres. Por tanto, era natural que Brandon se sintiera atraído por ella, la hija reconocida del Beta. Esa relación fue bendecida por todos los miembros de la manada, y los llamaban «la pareja dorada». Sin embargo, yo no podía dejar de quererlo. Aún soñaba con él como si fuera mi héroe, al menos hasta que encontrara mi pareja.

«Sí, un héroe que ya tiene heroína», dijo una voz dentro de mi cabeza. «Cállate, conciencia; déjame vivir un poco, ¿bien?», le respondí a mi conciencia, la cual buscaba todas las oportunidades posibles para destruir mi imaginación. Desde hacía varios meses, era un obstáculo muy grande entre mis fantasías y yo. A veces incluso me hacía cuestionar mi cordura.

—¿Ya está listo el desayuno? —Brandon regresó a la cocina. Venía del cuarto de mi hermana con una extraña sonrisa de satisfacción. Me imagino lo que debe haber ocurrido entre ellos.

—Toma —contesté, me tragué los celos y coloqué la comida frente a él.

—Mmm, esto está muy sabroso. No tienes idea de cuánto adoro la forma en que cocinas. Cuando se trata de comida, es como si no pudiera controlarme —dijo él entre gemidos tras probar unos bocados.

Aquellos gemidos me hicieron sonrojar. Deseaba ser yo quien lo hiciera gemir así. Con sus brazos alrededor de mi cuerpo mientras nos abrazamos y el amor florece…

—¡Hola! ¿Estás ahí? Te pregunté si necesitas que te lleve a la escuela. Ya son las ocho de la mañana, y con lo torpe que eres, no creo que llegues a tiempo. —Su preocupación por mí me hizo sonreír.

«No es preocupación. Se burla de ti, cariño». Mi conciencia volvió a interrumpirme y la ignoré.

—No hace falta. Mark viene a recogerme. Dice que quiere conversar sobre mi posición. Parece que debo volver a mentir —respondí, molesta, susurrando la última frase.

—¿Mark? ¿Qué quiere contigo? —preguntó Brandon, y su tono contrariado me confundió.

—Te lo acabo de decir. Algo sobre mi posición en la manada —insistí antes de tomar un pedazo de tortita y metérmela en la boca.

Mark era el hijo del presidente del consejo, y en los últimos dos años me hablaba todo el tiempo, o más bien me molestaba, sobre mi posición en la manada. Cada vez que yo preguntaba por qué se preocupaban tanto por mí, me respondían que como yo era una de esas escasas personas que no se convierten en lobo, querían asegurarse de que la manada no me maltratara. Sé que intentaban ayudarme, pero no lo lograban.

—Bueno, ese tal Mark es sospechoso. ¿Acaso no vino la semana pasada? ¿Por qué sigue viniendo? —añadió Brandon con tono despreocupado, pero pude escuchar matices de ira en su voz.

—No lo sé. Solo hace lo que le ordena el consejo. Quizás no tiene más remedio, y por eso viene hasta acá solo para ver si estoy bien. —Mi respuesta hizo que Brandon frunciera aún más las cejas.

—¿Ahora lo defiendes? —Se puso de pie con furia.

—¿Cuándo lo defendí? Solo explico los hechos, y además… —Él interrumpió mis palabras al salir de la casa de prisa, con rostro malhumorado. «¿Qué le pasa?». Actuaba de manera extraña.

Tal vez era mi impresión, pero Brandon actuaba de manera demasiado protectora. Quizás solo me hacía ilusiones. Era el alfa, y debía preocuparse por la manada y sus integrantes. Me encogí de hombros, coloqué los platos en el fregadero y tomé mi bolso.

Un día más lleno de mentiras. De veras, era muy considerado por parte del consejo que se preocuparan por mi bienestar una vez por semana, pero, de todas formas, yo no diría la verdad. ¿Cómo podía decirles que las personas que debían amarme y protegerme me odiaban porque no me convertía en lobo? ¿Cómo podía decirles que mi familia, quienes debían apoyarme y protegerme de los abusos, me detestaba? No podía arriesgarme a que se enteraran, o me echarían de la manada. De esa forma, perdería la única oportunidad y la escasa esperanza de que mis padres me volvieran a querer.

Recibía abusos, pero no me importaba. Por suerte, aunque no me convertía en lobo, tenía muchos poderes de licántropo; quizás porque lo llevaba en los genes aunque no se hayan desarrollado. Uno de esos poderes es el de la curación. Me alegraba mucho tenerlo, o el consejo se hubiera enterado de que mi familia me maltrata desde que cumplí catorce años. Ese fue el día en el cual mi padre casi me mata y dijo que soy una vergüenza para la familia y la manada. Aunque Brandon me defendió, él solo era el hijo del alfa, y no tenía el poder de controlar toda la manada. Aun después de que me salvó, me era difícil vivir en la manada.

Por suerte, mis padres se enteraron de que al día siguiente vendrían a visitarme del consejo, o hubiera muerto esa misma noche. Fue la primera vez que mi madre me habló de aquella manera, y también la última vez que me miró con cariño. Suspiré al recordar aquellos momentos tristes y sonreí para levantar el ánimo. Al escuchar el sonido del claxon del auto de Mark, lo cual indicaba que había llegado, revisé una última vez y de prisa mi imagen en el espejo antes de salir de casa.

—Hola —saludé al apuesto lobo.

—Hola, princesa —contestó él y me hizo sonreír.

También estaba un poco enamorada de Mark. Era como amar a una estrella famosa. Me gusta la combinación de su apariencia atractiva con la calma y la buena educación que lo caracterizan. Además de Brandon, era el único otro hombre que me había tratado como a una persona normal y no como a una discapacitada. Observé que su cabello rubio estaba despeinado y se lo acomodé mientras le sonreía. De inmediato, abrí los ojos al darme cuenta de lo que acababa de hacer.

—¡Oh Dios! ¡Lo lamento mucho! Yo solo… —intenté disculparme, pero su risa me interrumpió.

—No importa, nena. Vayamos a la escuela, ¿sí? Y mientras me cuentas qué tal fue tu semana, y si alguien te ha molestado —respondió él con una mirada seria, mientras yo bajé la cabeza avergonzada, pues sabía que le mentiría otra vez.

—Todo está bien. Un día me quedé encerrada en el aula por accidente. Me quedé dormida durante clases y, como estaba sentada en la esquina más lejana, nadie se dio cuenta. Por suerte, Brandon, quien se había ofrecido a traerme a casa, me buscó y me encontró allí encerrada, o me hubiera pasado todo el día y la noche en la escuela. Fuera de eso, no ocurrió nada serio. —Mentí con pesar en mi alma y escondí el hecho de que todas las chicas celosas de que me llevara bien con Brandon, incluyendo a mi hermana, me habían golpeado hasta llenarme de moretones antes de que me encerraran en el aula.

—¿Sí? —Mark me miró con una expresión extraña. No sé por qué, pero cada vez que le mentía tenía la sensación de que sabía que lo engañaba, pero decidía no decir nada.

—Así es. —No quería añadir nada más.

—Es bueno que el futuro alfa actúe de esa manera. Y ahora dime algo; ¿qué quieres como regalo de cumpleaños? ¿Acaso no es tu cumpleaños hoy? —me preguntó.

¿Cómo era posible que yo olvidara que era mi cumpleaños? Un día como hoy, cuatro años atrás, mi vida había dado un gran vuelco. Probablemente él fuera la única persona que supiera o recordara que hoy era mi cumpleaños.

—Le envío mi agradecimiento al presidente del consejo, pero… —El resto de mis palabras se vieron interrumpidas cuando Mark frenó el auto de manera escandalosa.

—¿Quién dice que pregunto en nombre de mi padre? Te pregunto yo. Él ni siquiera sabe que estoy aquí. Solo quería verte y asegurarme de que no te sintieras sola en tu cumpleaños —dijo él acercándose a mí. Abrí los ojos de par en par al sentirlo tan cerca. La sonrisa en su rostro era tan agradable y franca que sentí vergüenza. A veces pensaba que él debería ser modelo.

—Yo… yo… —tartamudeé, incómoda, por su proximidad.

—Toma, te traje un regalo.

Sentí alivio cuando me sonrió y me entregó una caja atada con un lazo. Como yo seguía ensimismada, me besó en la mejilla, y esta vez mis ojos casi saltan de la sorpresa. Luego añadió mientras se recostaba en su asiento:

—Abre el regalo cuando creas que no hay nadie cerca. Pase lo que pase, siempre estaré a tu lado y te protegeré. Es una promesa que voy a cumplir, princesa.

Miré la caja con el lazo y asentí una última vez antes de notar que ya estábamos en la escuela. Sonreí, pues sabía que era el primer y único regalo que iba a recibir en mi cumpleaños.

—Ya me voy —murmuré antes de salir del auto.

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