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Ella le dio todo lo que tenía para que su marido acompañara sus últimos 3 meses.
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Al entrar al hospital se sentía un olor a desinfectante, entre al consultorio y me senté frente al doctor, que vestía una bata blanca, dirigiéndose a mí dijo vacilante: “Señora Grayson, debido a la falta de limpieza del cuello uterino durante su aborto hace dos años, lamento informarle que tiene cáncer...”

“¿Qué ha dicho?” Dije atónita con el rostro pálido.

“Señora Grayson, le recomiendo que informe a su familia sobre esto, pues necesita recibir quimioterapia lo antes posible. La posibilidad de sobrevivir y vencer al cáncer puede aumentar en el transcurso de los próximos meses...” Dijo el médico con sinceridad y lleno de preocupación.

Familia, ¿eh? Bajé la cabeza de inmediato, mientras me invadía una ola de tristeza, había perdido a mi familia hace mucho tiempo.

Le pregunté en voz baja: “¿Cuánto tiempo tengo?”

“Tres meses como máximo...”

Mientras el médico me seguía persuadiendo para que me hospitalizara lo antes posible, mis oídos me zumbaban terriblemente y no podía escuchar nada de lo que me decía. Solo podía pensar en los tres meses que me quedaban de vida.

¿Estaba llegando el fin?

.........

Al caer la noche, de regreso a la villa Grayson.

Nigel Grayson dejó escapar un gemido ahogado, después de terminar, se levantó de la cama y entró al baño como de costumbre, siempre hacía lo mismo. Una vez que terminaba, se duchaba como si hubiera tocado algo impuro.

Me tumbé en la cama con todo el cuerpo adolorido; al darme la vuelta pude ver su figura musculosa a través del vidrio esmerilado del baño y sonreí amargamente.

Tres años de matrimonio y este hombre solo me había tratado como un instrumento para desahogar sus más profundos deseos.

De repente, se abrió la puerta del baño. Nigel se envolvió en una toalla y salió, era alto y tenía el cuerpo delgado; mientras la toalla colgaba desde su cintura, podía ver sus perfectos abdominales. Me quedé mirándolo sin pensar; era muy guapo, pero él nunca fue mío.

Cuando recobré el sentido, ya se había vestido rápidamente; evidentemente, no iba a quedarse ni un segundo más. Ignorando aquellos fríos ojos que me observaban, me arme de valor para hablarle: “Nigel”.

En medio camino se detuvo, se dio media vuelta con esa mirada tan fría en su rostro me respondió con impaciencia: “¿Qué?”

Finalmente, al ver su afán por irse no pude decirle la noticia, así que forcé una sonrisa y solo le respondí: “Está haciendo frío, ten cuidado en el camino y abrígate...”

La respuesta que obtuve fue el sonido de la puerta al cerrarse. Me quedé mirando la habitación vacía por un rato, su olor aún permanecía en el aire, junto con el dolor en mi corazón.

Me odiaba desde que se casó conmigo hace tres años, me odiaba tanto que ni siquiera podía soportar la existencia de nuestro hijo; así que el día que se enteró, me obligó a abortar cuando solo tenía tres meses de embarazo.

Aún recuerdo ese día en el hospital, mirándome fijamente, mientras estaba acostada en la cama tan pálida como un muerto. Sin importarle lo más mínimo mi dignidad ni seguridad, le dijo al doctor con tono malicioso: “Aria Twilight, no está capacitada para tener a mi hijo”

Nigel nunca se preocupó por ocultar el asco que me tenía, pero nunca hubiera imaginado que sería lo suficientemente cruel como para matar a su propio hijo con sus propias manos.

A partir de ese momento, finalmente me di cuenta de que este hombre nunca sentiría amor por mí. Sin embargo, el Nigel del que me había enamorado era tan distinto, era muy amable y cariñoso.

Cuando lo conocí, yo tenía catorce años y él era profesor de piano de una clase vecina. Una vez, lo escuché tocar la canción "Where the Wind Lives" en una celebración escolar, fue entonces cuando comencé a pasar tiempo con él todos los días, no recuerdo si le había dicho que era la canción favorita de mi madre en vida.

El mismo año en que conocí a Nigel, mis padres sufrieron un accidente automovilístico, donde lamentablemente fallecieron.

Me vi obligada a hacerme cargo de la enorme Familia Twilight, convirtiéndome en la persona más poderosa de Oak City de la noche a la mañana. Sin conocer nada de lo que sucedía a mí alrededor, todos los días estaba rodeada de gente que intentaba robarme mis propiedades a como dé lugar.

Durante esos días, Nigel era como una cálida luz de esperanza, que iluminaba la oscuridad que existía en mi corazón y me alentaba para seguir adelante. Comencé a enamorarme de él, y aunque él sabía de mis sentimientos, no le molestaba en lo absoluto.

Algunas veces, nos quedábamos hablando hasta tarde, siempre me invitaba caramelos, que sacaba de su bolsillo; después, se ponía en cuclillas pacientemente frente a mí, y mientras me acariciaba la cabeza, me decía suavemente: “Pequeña, es tarde. Es hora de irse a casa”.

Por lo tanto, cuando el presidente de la familia Grayson vino a verme y me pidió que me casara con Nigel Grayson, me llené de alegría y acepté sin dudarlo.

Creía que siendo él, una persona tan afectuosa, seguiría protegiéndome y cuidándome, incluso si no me amará. Pero cuando se enteró de que se iba a casar conmigo, aquella dulzura en sus ojos desapareció de repente, como si solo hubiera estado en mi imaginación.

Lo único que quedó en él fue pura frialdad y resentimiento, la que me convirtió en una completa cobarde. De repente, sentí una lágrima tibia deslizándose por mi rostro, levante mi mano para limpiarme rápidamente los ojos.

Agarre mi celular, busqué el nombre de Nigel y marque su número. Sonó dos veces antes de que contestara, escuche su profunda voz desde el otro extremo de la llamada. Parecía impaciente y su tono estaba lleno de frustración: “¿Qué?”

Me aguante la amargura que sentía en mi garganta y le dije en un tono tranquilo pero suplicante: “Nigel, mañana es Acción de Gracias. Podrías venir para compartir conmigo unos bollos de suero de leche, ¿Te parece bien...?”

Recuerdo que cuando tenía catorce años, Nigel me llevo a su casa para pasar juntos un lindo Día de Acción de Gracias. Si... Si tan solo pudiéramos hacerlo todo de nuevo... ¿Podía recordar a aquella pequeña con la que compartía gratos momentos todos los días?

Justo cuando me sumergía en ese hermoso pasado, la fría voz de Nigel ahuyentó todas mis esperanzas: “Lo que más odio son los bollos de suero de leche. Ni siquiera pienses en jugarme una mala pasada, no tengo paciencia”.

Me aferré con fuerza al cuello de mi camisón con mucha impotencia para evitar llorar desesperadamente.

No recuerda...

En su corazón, yo era solo aquella despiadada mujer que lo había obligado a casarse. Las lágrimas volvieron a salir incontrolablemente y mi corazón estaba sumergido en un profundo dolor. Respire hondo y le dije: “Nigel, hagamos un trato”.

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